12 de marzo de 2024
Una sensibilidad equilibrada no pierde profundidad, gana contorno.
Quizá este texto te resuene especialmente si trabajas acompañando a otras personas: dando clases, ofreciendo masajes, si trabajas en atención psicológica o en cualquier espacio donde exista un contacto cercano y constante con otras personas. Si alguna vez has terminado tu jornada y has sentido que, sin darte cuenta, te has llevado el trabajo a casa, este texto puede ser para ti.
Cuando estamos muy disponibles para el otro, no siempre es fácil distinguir qué nos pertenece y qué estamos percibiendo. Y aprender a diferenciarlo no significa cerrar la puerta a los demás. Significa poder estar profundamente en contacto sin dejar de estar también en ti.
Ser sensible no significa simplemente sentir mucho. A veces significa tener una frontera tan abierta al mundo que cuesta distinguir dónde terminas tú y dónde comienza el otro.
Con el tiempo, he empezado a entender la sensibilidad profunda más como una membrana viva que como una muralla. Una membrana percibe, intercambia, deja entrar y salir, pero también discrimina. No se trata de cerrarte, sino de poder estar en contacto sin perder la referencia de uno mismo.
La dificultad aparece cuando recibimos tanto de lo que ocurre fuera que nuestro mundo interno empieza, casi sin darnos cuenta, a organizarse alrededor de ello.
Esto no es una debilidad, sino una capacidad maravillosa: registras mucho.
Pero cuando la sensibilidad no está acompañada de diferenciación, todo puede sentirse demasiado cerca.
Diferenciarte empieza quizá con una pregunta muy sencilla:
¿Esto que estoy sintiendo es mío? ¿O lo estoy percibiendo en el otro?
Porque esa es precisamente tu capacidad como ser sensible: percibir.
Esta sensación que me llega, ¿de dónde nace?
Con el tiempo y a través de diferentes experiencias, he aprendido que no todo lo que se mueve dentro de mí nació necesariamente en mí. Pero tampoco creo que todo provenga del otro.
A veces es el propio vínculo el que crea un clima, una tensión, una determinada forma de sentir. Porque al final, todo es energía. Hay cosas que simplemente aparecen en el espacio que creamos juntos.
Cada uno somos una frecuencia, y cuando entramos en contacto con otra persona, esas frecuencias se encuentran y se sintonizan, generando armonía o, a veces, cierta tensión.
Por eso, diferenciarte no significa cerrarte, sino conservar tu referencia interna mientras entras profundamente en contacto con otro ser humano.
Sentir la tristeza del otro sin convertirte en ella.
Empatizar sin absorber.
Percibir la distancia del otro sin que te aleje de ti mismo.
Escuchar la necesidad del otro sin borrar la tuya.
Quizá por eso la salud no está en un extremo ni en el otro, sino en la flexibilidad. En poder adaptarnos al contexto sin perdernos dentro de él. En saber cuándo abrirnos y cuándo recogernos. En estar disponibles sin sentir que tenemos que hacernos cargo de todo lo que percibimos.
Una frontera viva puede abrirse sin desaparecer. Puede amar sin absorber. Puede cuidar sin hacerse cargo de todo. Puede entregarse sin perder su centro.
Por eso, el trabajo está en aprender a sentirte también a ti mientras sientes al otro. Reconocer tu deseo. Tu incomodidad. Tu ritmo. Tu límite. Tu propio estado.
Una sensibilidad equilibrada no pierde profundidad, gana contorno.
Siempre desde el amor y el equilibrio. Con la suficiente flexibilidad para recordar que que no hay una única forma correcta de estar en contacto con todo el mundo. Hay una forma tuya, que sí es única y que, precisamente por eso, no tiene por qué ser para todo el mundo.