22 de septiembre de 2024
¿Qué significa realmente ser flexible?
“La flexibilidad que ganamos en asana es el símbolo vivo de la flexibilidad que ganamos frente a los problemas y desafíos de la vida.”
— B.K.S. Iyengar
Mucha gente entiende por flexibilidad el hecho de llegar a la punta de los pies.
Y, bueno, supongo que en parte lo es. La flexibilidad física es una de las cosas que más fácilmente asociamos con el yoga. Llegas a una clase, haces unas cuantas posturas y, con el tiempo, empiezas a notar que donde antes había resistencia ahora hay un poco más de espacio.
Pero con los años he empezado a pensar que la flexibilidad que realmente importa no siempre se ve.
Tiene bastante más que ver con qué hago cuando la vida no hace lo que yo quería. Con mi capacidad para cambiar de planes, aceptar que algo no ha salido como esperaba, soltar una idea que tenía muy clara o cambiar de dirección sin sentir que estoy fracasando.
Y esto, curiosamente, también se entrena sobre la esterilla.
En yoga, cuando entramos en una postura que nos cuesta, tenemos varias opciones. Podemos forzar, compararnos con la persona de al lado o frustrarnos porque “deberíamos” llegar más lejos. O podemos observar dónde estamos hoy y trabajar desde ahí.
A veces avanzar significa profundizar en una postura. Y otras veces significa aceptar que hoy no toca.
Personalmente, cuanto más profundizo en mi práctica, más pienso que el trabajo real está en lograr discernir entre: resistencia y dolor, esfuerzo y exigencia, perseverancia y empeño. Y creo que algo parecido sucede fuera de la esterilla.
Me ha pasado más de una vez. Tener una idea bastante clara de cómo quería que fueran las cosas y encontrarme, de repente, con que la realidad tenía otros planes.
En 2023 me mudé a Australia sin plan, sin casa, sin trabajo y prácticamente con la única certeza de que quería vivir una aventura. En ese momento mi filosofía de vida era bastante sencilla: sí a todo / ¿por qué no?
Y me encanta pensar en aquella versión de mí porque supe ver que necesitaba exactamente eso y, sobre todo, porque supe dárselo. Decir que sí, probar, moverme, equivocarme, descubrir.
Pero también me hace gracia mirar atrás y ver cuánto he cambiado. De aquella versión que decía que sí a casi todo ha salido una versión de mí que ahora encuentro especialmente selectiva. Una que sigue queriendo probar cosas nuevas, pero que también reconoce mejor por dónde sí y por dónde no, una que le cuesta menos decir que no, cambiar de opinión y soltar caminos que ya no tienen sentido.
Y creo que eso también es flexibilidad.
No es adaptarte a todo. Es tener la capacidad de cambiar sin dejar de escucharte.
A veces confundimos flexibilidad con estar siempre disponibles para adaptarnos. Cambiar de opinión porque los demás lo esperan, aceptar planes que no queremos o aguantar situaciones que nos hacen sentir incómodos.
Pero eso no es necesariamente flexibilidad.
En yoga tampoco buscamos llegar más lejos a cualquier precio. Hay un límite entre explorar una postura y forzar el cuerpo para conseguir una forma determinada. Fuera de la esterilla creo que pasa algo parecido.
Ser flexible no significa no tener límites. Significa poder reconocer cuándo algo necesita cambiar y tener la suficiente apertura para hacerlo.
Por eso, cada vez me interesa menos cuánto puedo doblar mi cuerpo y más cuánto espacio tengo para moverme cuando la vida cambia de dirección.
Porque quizá esa sea la flexibilidad que más necesitamos: la que nos permite soltar sin rendirnos, cambiar sin perdernos y seguir avanzando aunque el camino ya no se parezca al que habíamos imaginado.