Alba Serrano Parra
Blog

2 de julio de 2025

Preparar y secuenciar clases... ¿cómo lo hago yo?

Hay algo que intento hacer siempre antes de enseñar: practicar yo primero.

Mi propia práctica es, en muchos sentidos, mi primera herramienta para preparar una clase. Escucho qué pide mi cuerpo, qué movimientos se sienten bien, dónde encuentro resistencia y qué me gustaría explorar. A partir de ahí, voy construyendo.

Suelo llegar con una estructura pensada y, cuando la clase lo requiere, con un hilo conductor claro: una familia de asanas, una intención física o incluso una idea de la filosofía del yoga que quiero compartir.

Pero hay algo que he aprendido a dejar atrás: la necesidad de que la clase salga exactamente como la había imaginado.

Cuando hay algún evento concreto, como una luna llena o una luna nueva, suelo tenerlo en cuenta. Son momentos en los que la energía puede sentirse especialmente presente: a veces el cuerpo pide desfogarse y moverse con más intensidad; otras, pide bajar el ritmo, ir más despacio y escuchar.

Y aquí aparece una de las partes más difíciles de enseñar: cada persona llega con una energía diferente. En esos momentos puede ser complicado encontrar una práctica que encaje exactamente con todos. Y, precisamente por eso, también ocurre algo muy bonito: una misma práctica puede sentirse completamente diferente en tu cuerpo y en el de la persona que practica a tu lado.

Tu día, tus circunstancias, tu energía, cómo has dormido, lo que estás viviendo… todo forma parte de cómo recibes la práctica.

Por eso, aunque yo proponga un camino, me parece importante que cada uno pueda volver a sus propias sensaciones. Sin compararse. Sin intentar sentir lo que siente el de al lado.

Puedo haber preparado una práctica bastante intensa y descubrir que ese día todo el mundo necesita parar un poco más. O haber pensado en trabajar una determinada zona del cuerpo y encontrarme con un grupo para el que esa propuesta necesita otro ritmo, más preparación o simplemente otro camino.

Ahí es donde empieza, para mí, la verdadera enseñanza: observar y escuchar.

Yo dedico un rato a escribir, ordenar ideas y secuenciar. Después cierro el cuaderno y entro en la sala. No suelo dar la clase con mis apuntes delante porque si me pongo a leer me distraigo, pierdo el hilo. Así que trato de recordar más o menos la estructura y, a partir de ahí, dejo espacio para lo que vaya surgiendo.

Según cómo son las respiraciones que escucho. Según cómo os movéis. Según la forma en la que entráis y salís de las posturas, las transiciones que elegís... todo eso es lo que me da información.

Y aquí viene una de las cosas que más me gustan de enseñar yoga:

Aunque esté delante como profesora, siento que mis maestros sois vosotros.

Aprendo cada día observando vuestros cuerpos, vuestras maneras de moveros y de habitar las posturas. Y esa observación también transforma mi propia práctica.

Así que sí, preparo mis clases.

Pero después, dejo que sean el cuerpo y el momento presente quienes terminen de escribirlas.

No intento que todos vivan la práctica igual, sino crear el espacio para que cada uno pueda escuchar qué necesita ese día.

Namasté
Alba